Relaciones dependientes - Ascención Belart
Y es que en las relaciones de dependencia hay «amor» y odio, apego y rechazo, hostilidad abierta o encubierta, de modo que se llega al agotamiento, la confusión y la pérdida del propio centro. Cuando uno de ellos se siente «ahogado» por esta dinámica desencadena una pelea, lo que proporciona cierta distancia para recuperar el tiempo y espacio individual, algo que no se permiten cuando están «bien», ya que eso se vive como una traición, como desamor. Ante todo, se evita el encuentro con uno mismo y el propio proceso, de manera que cuando surgen discusiones y peleas se alejan uno del otro, pero el hecho de estar solos les genera angustia y malestar, por lo que vuelven repetidas veces a lo único que les importa: la relación. Y cada vez hay más muestras de exigencias, desgaste y erosión. Éste es el panorama y caldo de cultivo de muchas dinámicas de pareja, incluso entre gente muy joven, que degenera en una desvitalización y pérdida de la dignidad personal.
Es evidente que una relación no puede proporcionar lo que cada uno ha de darse a sí mismo. Estas relaciones codependientes dañan al niño interior y oscurecen la esencia. Cuando la relación termina por agotamiento se produce tal vacío y dolor que para evitarlo algunos se involucran inmediatamente en otra relación, y vuelta a empezar… hasta que uno se da cuenta de que vivir por y para el otro no conduce a nada. La búsqueda del amor a través del amor del otro, definitivamente, no funciona. Nunca se van a dar lo que no se pueden dar a sí mismos. En verdad, no podemos construir relaciones íntimas cuando no somos capaces de ser íntimos con nosotros mismos. La dependencia destruye la intimidad, y la necesidad de otra persona es dependencia, no amor. Cuando perdemos nuestro centro y nos centramos en el otro mantenemos una relación adictiva y codependiente. Nos «sacrificamos» por el compañero y la relación, dejamos de ser quienes somos y de hacer lo que deseamos, y luego pasamos factura y pretendemos que se nos recompense, que el otro haga lo mismo.
En realidad, nos servimos de la relación para no enfrentarnos a nuestros miedos, carencias y sentimientos de inadecuación personal. La intensidad de la atracción en la mayoría de los casos no es como se suele pensar una prueba de amor, sino de apego y del grado de carencia y necesidad que existe en las personas. Manifiesta la herida del niño interior, las carencias personales, el abandono al que está sometido, la falta de conexión con la esencia.
Recuperarse pasa por un largo proceso en que hay que afrontar la propia vida y soledad, el vacío y los sentimientos de inseguridad, y la falta de conexión con uno mismo. Muchas relaciones se basan en la fusión y el «enganche», siendo esto lo que la mayoría entiende por amor, cuando más bien se trata de relaciones patológicas y enfermizas. Cuesta romperlas, porque se está demasiado perdido, desconcertado y debilitado para poder salir de ellas. Se necesita tomar conciencia de que hay un trabajo por hacer, que es recuperar el centro y la dignidad personal. Qué importante, qué necesario es encontrar el propio centro, aquello que permanece inalterable incluso cuando todo alrededor cambia.
En primer lugar, hemos de responsabilizarnos de nuestra dependencia así como de lo que hemos permitido que nos hagan. Debemos abandonar el papel de víctimas, reconociendo y elaborando el dolor, la rabia, el miedo, la tristeza, la soledad. Otorgarse un tiempo y priorizar la recuperación, un proceso largo que dura un mínimo de entre dos y cuatro años, de lo contrario volveremos repetidas veces al mismo tipo de relación dependiente, en ocasiones en el rol de víctima y otras en el de verdugo, pero ése será el juego del eterno desencuentro.
Lamentablemente, vivimos en una sociedad adicta y codependiente en la que apenas existen modelos de relaciones sanas e interdependientes, aunque es cierto que cada vez somos más conscientes de cuál es el camino a seguir, lo que resulta muy alentador. Necesitamos romper esos patrones relacionales que hemos aprendido e interiorizado de anteriores generaciones que sólo conducen al desgaste, sufrimiento y pérdida de uno mismo, para poder acceder a un nuevo modelo de relación, un nuevo paradigma basado en el amor incondicional, el desapego, la libertad, la confianza y el respeto mutuo. En verdad, la única forma de romper esta dinámica de desencuentro pasa por desarrollar y priorizar la conexión con uno mismo.
Texto original © Ascensión Belart.
Fuente: https://ascensionbelart.wordpress.com/2015/01/02/los-que-aman-demasiado/
Es evidente que una relación no puede proporcionar lo que cada uno ha de darse a sí mismo. Estas relaciones codependientes dañan al niño interior y oscurecen la esencia. Cuando la relación termina por agotamiento se produce tal vacío y dolor que para evitarlo algunos se involucran inmediatamente en otra relación, y vuelta a empezar… hasta que uno se da cuenta de que vivir por y para el otro no conduce a nada. La búsqueda del amor a través del amor del otro, definitivamente, no funciona. Nunca se van a dar lo que no se pueden dar a sí mismos. En verdad, no podemos construir relaciones íntimas cuando no somos capaces de ser íntimos con nosotros mismos. La dependencia destruye la intimidad, y la necesidad de otra persona es dependencia, no amor. Cuando perdemos nuestro centro y nos centramos en el otro mantenemos una relación adictiva y codependiente. Nos «sacrificamos» por el compañero y la relación, dejamos de ser quienes somos y de hacer lo que deseamos, y luego pasamos factura y pretendemos que se nos recompense, que el otro haga lo mismo.
En realidad, nos servimos de la relación para no enfrentarnos a nuestros miedos, carencias y sentimientos de inadecuación personal. La intensidad de la atracción en la mayoría de los casos no es como se suele pensar una prueba de amor, sino de apego y del grado de carencia y necesidad que existe en las personas. Manifiesta la herida del niño interior, las carencias personales, el abandono al que está sometido, la falta de conexión con la esencia.
Recuperarse pasa por un largo proceso en que hay que afrontar la propia vida y soledad, el vacío y los sentimientos de inseguridad, y la falta de conexión con uno mismo. Muchas relaciones se basan en la fusión y el «enganche», siendo esto lo que la mayoría entiende por amor, cuando más bien se trata de relaciones patológicas y enfermizas. Cuesta romperlas, porque se está demasiado perdido, desconcertado y debilitado para poder salir de ellas. Se necesita tomar conciencia de que hay un trabajo por hacer, que es recuperar el centro y la dignidad personal. Qué importante, qué necesario es encontrar el propio centro, aquello que permanece inalterable incluso cuando todo alrededor cambia.
En primer lugar, hemos de responsabilizarnos de nuestra dependencia así como de lo que hemos permitido que nos hagan. Debemos abandonar el papel de víctimas, reconociendo y elaborando el dolor, la rabia, el miedo, la tristeza, la soledad. Otorgarse un tiempo y priorizar la recuperación, un proceso largo que dura un mínimo de entre dos y cuatro años, de lo contrario volveremos repetidas veces al mismo tipo de relación dependiente, en ocasiones en el rol de víctima y otras en el de verdugo, pero ése será el juego del eterno desencuentro.
Lamentablemente, vivimos en una sociedad adicta y codependiente en la que apenas existen modelos de relaciones sanas e interdependientes, aunque es cierto que cada vez somos más conscientes de cuál es el camino a seguir, lo que resulta muy alentador. Necesitamos romper esos patrones relacionales que hemos aprendido e interiorizado de anteriores generaciones que sólo conducen al desgaste, sufrimiento y pérdida de uno mismo, para poder acceder a un nuevo modelo de relación, un nuevo paradigma basado en el amor incondicional, el desapego, la libertad, la confianza y el respeto mutuo. En verdad, la única forma de romper esta dinámica de desencuentro pasa por desarrollar y priorizar la conexión con uno mismo.
Texto original © Ascensión Belart.
Fuente: https://ascensionbelart.wordpress.com/2015/01/02/los-que-aman-demasiado/
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