El alma y la vida - Carl Gustav Jung

« El mediodía de la vida es un punto de la más alta importancia psicológica. El niño comienza su vida psicológica en un medio muy restringido, en el dominio cerrado de la madre y de la familia. A medida que él madura, su horizonte se amplía al mismo tiempo que su esfera de influencia. Sus intenciones y sus esperanzas miran la extensión de su esfera personal de fuerza y de posesión, su deseo se extiende más y más hacia el mundo exterior. La voluntad individual se identifica día a día más a los fines naturales de los factores inconscientes. Así el hombre llega a infundir en las cosas su propia vida de cierta forma, por lo que terminan viviendo para sí mismas, se multimplican y el se encuentra insensiblemente superado por ellas. Las madres están distanciadas por sus hijos, los hombres, por sus obras. Lo que fue creado primero penosamente, tal vez a costa de grandes esfuerzos, no puede ser obstaculizado en su marcha. Primero estaba la pasión:  después era la obligación y, finalmente, es una carga insoportable, un vampiro que ha chupado la vida de su creador.
La mitad de la vida es un instante de despliegue extremo donde el hombre es completo para su obra, con todo su poder y toda su voluntad. Pero también es el momento en que nace el crepúsculo: la segunda mitad de la vida comienza. La pasión cambia de cara y toma desde allí el nombre de deber; sin piedad, el "yo quiero" se convierte en un imperativo "tu debes"; las sinuosidades del camino que en otro tiempo trajeron sorpresas y descubrimientos, se convierten en hábitos. El vino ya no fermenta, la clarificación comienza. Si todo va bien, el hombre desarrolla sus tendencias conservadoras. Ya no es hacia adelante, sino hacia atrás que uno lo mira involuntariamente; y que uno comienza a darse cuenta por sí mismo de la manera en que la vida se ha desarrollado hasta el momento. Uno busca los motivos verdaderos y surgen los descubrimientos. Las reflexiones críticas que hace sobre sí mismo y sobre su destino revelan al hombre la particularidad de su ser. Pero estas adquisiciones no llegan fácilmente; ellas sobreviven agitaciones violentas.
Imagine un sol animado por sentimientos humanos y por la consciencia humana del tiempo. En la mañana, el nace del mar nocturno del inconsciente y mira el inmenso mundo colorido cuya extensión se amplía a medida que él se eleva en el firmamento. A esta ampliación de su ciclo de acción, que resulta de su ascención, el sol reconocerá su importancia y verá su fin supremo lo más alto posible y dentro de su más grande extensión de su bendición. Dentro de esta convicción, el alcanzará el cenit de improviso, el que no había soñado pues su existencia individual, que es única, no podía conocer por anticipado su punto culminante. Al mediodía comienza el descenso, una inversión decisiva de todos los valores y de todos los ideales de la mañana.
La transición de la mañana a la tarde de la vida se hace por una serie de transmutación de los valores. Se impone la necesidad de reconocer la validez ya no de nuestros ideales antiguos, sino de sus contrarios, de percibir el error en lo que era hasta ahora nuestra convicción, de sentir la mentira dentro de eso que era nuestra verdad y de medir cuánto había de resistencia e incluso de animosidad dentro en eso que tomábamos por el amor. El vino de la juventud no se clarifica siempre en la edad madura; se trastorna a veces.
Sin preparación alguna, los hombres llegan a la segunda mitad de la vida. Existe alguna parte en las escuelas, no solamente las escuelas superiores, o las escuelas de un grado más elevado, donde preparen a los cuarentones para su vida de mañana y sus exigencias, como en las universidades y en las escuelas ordinarias dan a los jóvenes un primer conocimiento del mundo y de la vida? No, en absoluto. Es completamente improvisada la forma como llegamos al mediodía de la vida, peor aún, llegamos armados de ideas preconcebidas, ideales, verdades que teníamos hasta ahora. Es imposible vivir el atardecer de la vida con los mismos programas de la mañana, pues lo que tenía gran importancia tendrá poca importancia ahora y la verdad de la mañana será el error de la tarde.
Tanto como nuestra educación colectiva se preocupa de la educación de la juventud, tan poco piensa en la educación del adulto del que uno supone siempre - sin saber con qué derecho - que ya no la necesita. Para este pasaje extraordinariamente importante desde la actitud biológica a la actitud cultural, para la transformación de la energía de su forma biológica en su forma cultural, está desprovisto de consejos. Este proceso de transposición siendo un proceso individual, no puede ser comandado por reglas y prescripciones generales.
La juventud inexperta piensa a menudo que uno podría dejar de lado los viejos, de los que no hay nada más qué esperar y que son buenos para representar restos petrificadas del pasado. Este es un grave error, creer que el sentido de la vida se agota durante la fase de juventud y expansión, que, por ejemplo, una mujer "está acabada" después de la menopausia. La tarde de la vida tiene tanto sentido como la mañana; pero su sentido y su objetivo son del todo diferentes.
El hombre que envejece debería saber que su vida no asciende, ni se expande más, sino que un proceso interno sin piedad la contrae. Para el hombre joven es casi un pecado o un peligro ocuparse de sí mismo; para el hombre que envejece, es al contrario, un deber y una necesidad considerarse a sí mismo con seriedad. El sol vuelve sus rayos como para iluminarse a sí mismo después de haber derrochado su luz sobre el mundo. En lugar de esto, muchos viejos prefieren ser hipocondríacos, avaros, hombres de principios y alabadores del tiempo pasado o eternamente jóvenes, actitudes que son miserables sustitutos de la iluminación de sí mismo, de su Ser; es esta una consecuencia inevitable de la locura que quisiera que la segunda mitad de la vida estuviese regida por los mismos principios que la primera.
Los problemas neuróticos muy comunes en la edad adulta, son similares en cuanto quieren transferir la psicología de la fase de la juventud más allá del umbral de los cuarenta años. Quien no conoce a estos viejos hombres patéticos reavivan constantemente recuerdos del tiempo en que eran estudiantes y no pueden atizar la llama de su vida sino mirando la época de su heroísmo homérico, pero que están, además, incrustados en su vida filistea sin esperanza y sin eventos? Ellos tienen, en efecto, esta ventaja, cuyo valor no debe desconocerse, de no ser neuróticos y de no ser, en lo ordinario, de una monotonía aburrida. El neurótico es más aquel que nunca logra, en el presente, como quisiera y que no puede tampoco alegrarse del pasado.
El sol nutritivo del alma es la vida natural.
Aquel que no la sigue queda suspendido en el aire y se congela... A partir de la mitad de la vida, solo queda vivo quien quiere morir con vida.»
"L’Ame et la Vie", Carl Gustav Jung

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