La pareja interior - Norberto Levy
Estamos habituados a entender al varón y a la mujer como dos identidades sexuales absolutamente separadas e independientes. El varón es concebido como alguien dotado de energía masculina y la mujer como alguien dotado de energía femenina, es decir los percibimos exclusivamente de acuerdo a la imagen de "esferas independientes y separadas, en el espacio."
Cuando el varón maltrata a la mujer, solemos pensar que él abusó y se aprovechó de ella y que la mujer resultó la víctima dañada. En el plano macroscópico y a primera vista, esto, por supuesto, que es así, pero simultáneamente y en otros niveles más profundos están ocurriendo otros fenómenos de equivalente realidad y significación. Para poder comprender lo que ocurre en esos niveles es necesario reconocer que varón no es sinónimo de masculino y mujer no es sinónimo de femenino. Tanto el varón como la mujer están constituidos por las dos energías básicas: masculina y femenina. La diferencia entre ambos es una cuestión de grado o predominio. El varón es masculino-femenino con predominio masculino y la mujer es masculino-femenino con predominio femenino, es decir ambos sexos albergan las dos energías.
Este hecho ya fue reconocido desde muy antiguo por el taoísmo en su descripción de la relación Yin-Yang y uno de los precursores en Occidente de la misma concepción fue Jung quien lo formuló en términos de "animus" y "ánima". El primero representa la energía masculina y el segundo la femenina y él introdujo la idea de que ambos componentes están presentes e interactúan entre sí, tanto en varones como en mujeres.
Muchas corrientes del campo de la biología afirman también que todo individuo contiene las estructuras anatómicas e histológicas de los dos sexos, uno de los cuales se desarrolla en plenitud y el otro involuciona. El ejemplo más evidente de este proceso son las tetillas del varón, las cuales representan una parte del sistema mamario no desarrollado. Lo mismo ocurre con los otros caracteres sexuales, primarios y secundarios, de cada sexo.
Los atributos de las energías masculina y femenina son los mismos que describimos anteriormente para la energía yin y yang. Las presentaremos ahora en forma ampliada y en un cuadro comparativo para reconocerlas mejor:
Cada conjunto de características constituye una organización funcional específica. La masculina es la que se pone en juego cuando se realiza una actividad que requiere, para ser realizada, una o varias de las funciones descriptas en la columna de la izquierda. Sí tengo que escalar una montaña, explorar el espacio, salir al mundo exterior y actuar sobre otros, etc. necesitaré apelar al equipo energético masculino. Otro tanto ocurre con su opuesto: si necesito realizar una actividad que requiera delicadeza, relajación, ternura, receptividad, capacidad de cuidado, flexibilidad, o cualquiera del resto de las características descriptas en la columna de la derecha, necesitaré apelar a mi equipamiento de energía femenina.
Cada ser humano necesita, para vivir, de ambas calidades de recursos.
Los varones, en una gran mayoría, hemos sido educados y formados según la creencia que dice que cuanto más energía masculina más y mejor varón se es. A partir de tal creencia cualquier rasgo en un varón que estuviera vinculado a las funciones femeninas: sensibilidad, delicadeza, capacidad de cuidado, ternura, etc. era interpretado como un déficit, como una falla en su condición de varón. De ahí los típicos calificativos de "mariquita", "maricón" con que se suele burlar a los niños que expresan algún rasgo femenino. Tales términos quieren decir precisamente eso: "varón fallado".
El otro temor asociado a los rasgos femeninos es la homosexualidad. Ambas reacciones surgen de la misma confusión: considerar varón como sinónimo de masculino y mujer como sinónimo de femenino. Ante esa creencia la emergencia de un rasgo femenino en un varón no fue tomado como eso, un rasgo femenino de un varón sino como un "afeminamiento" del varón, es decir, una falla, un déficit en su condición de tal.
Esta creencia ha producido verdaderos estragos en el desarrollo psicológico de los varones (y también de las mujeres, cuyo análisis presentaremos más adelante).
A esta idea se ha asociado otra, igualmente errónea, que ha sumado su acción devastadora sobre la posibilidad de un desarrollo armónico y equilibrado: es la que cree que la energía masculina es mejor, más interesante, más vital que la energía femenina.
Cuando se le pregunta a alguien: ¿Qué cree usted que es mejor, más interesante o más vital: la iniciativa, la búsqueda, la acción, la renovación o la receptividad, la espera, la contemplación, la conservación?, la respuesta más frecuente es que lo primero es mucho más interesante que lo segundo, y a los rasgos femeninos mencionados se los considera más bien como un déficit de la vitalidad.
Esta concepción afortunadamente no es universal sino que está vinculada específicamente a la cultura occidental. La tradición y el pensamiento de oriente, por ejemplo han considerado a la energía femenina de un modo completamente diferente. Han reconocido en ella una significación y una jerarquía que la cultura occidental aún no ha logrado encontrar.
Si la energía femenina es poco valorada por nuestra sociedad y se cree además que su presencia señala un déficit en la condición de varón, entonces quedan dadas todas las condiciones para que el varón intente desconectarse completamente de tal calidad de energía. Esa necesidad lo lleva a tratar de dominar cualquier reacción o sentimiento femenino para que no se manifieste. Esta actitud quedó convertida luego en señal de potencia masculina: "Los varones se aguantan el dolor y no lloran..." Dicho en otras palabras: "Cuanto más se domina a la energía femenina, más varón se es".
Estas cuatro creencias:
1- que varón es sinónimo de masculino y mujer es sinónimo de femenino,
2- que la presencia de un rasgo femenino en el varón es una falla en su condición de tal.
3- que la energía masculina es mejor que la femenina.
4- que dominando a la energía femenina se exalta la condición de varón, han producido efectos devastadores en la relación masculino-femenino, tanto en varones como en mujeres. La relación varón-mujer es el campo en el que dichos efectos se ven con mayor inmediatez pero es importante saber que los daños producidos trascienden ampliamente dicho espacio.
De hecho existe una alta población de varones con su energía femenina muy dañada. Dañada por no legitimizada socialmente, por no reconocida interiormente, por no expresada, ejercitada y disfrutada. Este daño se manifiesta en la incapacidad de realizar experiencias que requieran energía femenina y en la sobre actuación compensatoria de la energía masculina. Por lo tanto el resultado frecuente es: sobrecarga de la actividad, de la lucha, de la competencia, del esfuerzo, de la tensión, de la constante búsqueda de logros, de la ausencia de relajación, sosiego y disfrute, etc. Es decir; "stress". Como todos sabemos, el "stress" es un estado global de desequilibrio y agotamiento que cuando no se resuelve evoluciona hacia enfermedades de gravedad creciente.
Puede resultar útil agregar a esta lista de padecimientos la experiencia que es la representación paradigmática de la potencia masculina: el orgasmo. Se suele creer que cuanto más masculino el varón, más potente su orgasmo. Y no es así. Intentaremos explicarlo:
Durante el orgasmo se producen contracciones espasmódicas de la musculatura lisa pelviana -que suelen extenderse a otras regiones del cuerpo- y toda la actitud psicológica global de entrega y fusión vinculada a la emisión del semen. Podríamos pensar que lo que se ha puesto en juego en dicha experiencia es la pura energía masculina en su momento genital culminante, pero profundamente no es así. Todo el aparato sexual masculino en su función emisora está sostenido por su fase receptiva que es precisamente la que le permite recibir la afluencia de estímulos que le llegan de los centros superiores y de otras partes del cuerpo. El pene en erección que penetra en la vagina lo puede hacer en la medida que él también es capaz de ser receptivo a la penetración de los estímulos que a él le llegan. Las contracciones espasmódicas, componente energético fundamental de la potencia orgásmica, son el resultado de la capacidad de contracción y tensión de la musculatura -derivada de la energía masculina- y también de la capacidad de relajación de la misma musculatura, la cual depende de la disponibilidad de energía femenina. La potencia energética del espasmo depende por igual de la capacidad de contracción y de relajación de la musculatura. Habitualmente damos por sentado de que la relajación ocurre sola, en todos por igual y que no es una función variable. Y no es así. Ella es -como dijimos antes- el resultado de una capacidad: la relajación y tal capacidad depende de la disponibilidad de energía femenina. Una intensa contracción que no tiene a la relajación como punto de partida ni como estado de retorno es tan insatisfactoria y fallida como una sístole sin diástole.
Por último, la vivencia de entrega, disolución del yo y fusión con la compañera en una unidad que los trasciende -tal vez el sentido más profundo de la experiencia orgásmica-sólo pueden experimentarse en plenitud en la medida que se cuenta con la capacidad de vivir tales estados y ellos son la manifestación del componente femenino que puede reconocerse parte de un conjunto más vasto y entregarse a él. El varón apoyado exclusivamente en su energía masculina, tratando de exaltarla en el autocontrol, el dominio y la posesión no tiene la posibilidad de acceder, por más que la busque en toda forma de exceso, a la plenitud y el éxtasis de esa experiencia.
De todo esto se desprende que el orgasmo del varón es, en su base misma, el resultado del encuentro interior entre las energías masculina y femenina expresado masculinamente a través del varón y que lo que el orgasmo revela es, en última instancia, la calidad de tal encuentro.
Cuanto más armoniosa la relación masculino-femenino interna, más intensa, más íntegra y profunda la vivencia orgásmica.
Otra de las consecuencias del daño de la energía femenina del varón es que produce en él la tendencia a maltratar a la mujer. Es decir, tiende a reproducir en ella el mismo estado en el que se encuentra su propio aspecto femenino. Además le hace a la mujer lo que le han enseñado que le hiciera a su propio aspecto femenino: procurar dominarlo, impedirle su vida propia y tratar de que quede a su servicio para afirmar su condición de varón.
Es muy importante comprender que el problema esencial no es entre varones y mujeres sino entre energía masculina y femenina. Que la energía femenina ha sido maltratada, tanto en varones como en mujeres, y que cada uno está padeciendo las consecuencias de dicho maltrato desde su particular identidad sexual. Las conflictos en la relación varón- mujer son, simplemente, las consecuencias más visibles de aquel maltrato original.
Veamos entonces el modo en el que la mujer ha sido afectada en este proceso. También la presencia de un rasgo masculino fue interpretado como una distorsión o déficit en su condición de mujer. De ahí el término "marimacho" o "varonera" con el que se ha burlado a las nenas con rasgos masculinos destacados.
En tanto la mujer es su representante natural, sobre ella ha recaído más la desvalorización social de la energía femenina, y ha padecido entonces en mayor grado las discriminaciones -económicas, legales, psicológicas, etc.-en relación a esa calidad de energía.
Tal desvalorización ha tenido su propia compensación: En este período se está produciendo el movimiento de reincorporación de ambas energías en cada persona, cualquiera sea su sexo. A la mujer le toca incorporar y asumir la energía masculina. Como ésta conserva ese halo de jerarquización, se le hace más fácil incorporarla y se puede ver en la rapidez con la que la mujer ha adoptado funciones masculinas a su identidad sexual. Al varón, en cambio, le está resultando más difícil el movimiento de incorporar la energía femenina. Le resulta más difícil porque implica para él incorporar algo desjerarquizado y que amenaza su condición de varón. Este obstáculo sin resolver le está perturbando seriamente su posibilidad de adecuarse al nuevo momento que le toca vivir.
Muchas veces el movimiento feminista luchó para reivindicar el derecho de la mujer a disponer de su energía masculina, es decir actuar en el mundo externo, asumir cargos directivos de primer nivel y obtener equivalente reconocimiento económico, etc. y eso es, sin lugar a duda, muy justo y necesario. Tal vez, a los efectos de nombrar con mayor precisión la energía específica que se intenta reivindicar, el nombre más adecuado para tal tipo de movimiento sería: "el masculinismo de la mujer", que, como dijimos antes, es necesario, beneficioso y justo, pero al nombrarlo así se haría evidente también qué es lo que aún falta: Un movimiento feminista cuya tarea sea reivindicar a la energía femenina tanto en varones como en mujeres. Devolverle el rango y la alta significación que tiene, para la experiencia de vivir íntegramente y en plenitud, la relajación, la receptividad, la sensibilidad, la entrega, la contemplación, la flexibilidad, la delicadeza, la capacidad de conservar y cuidar lo que existe, la interioridad, el reconocimiento de la dependencia, la intuición, etc.
Esta es la asignatura pendiente que tenemos en Occidente. Hasta tanto no se desarrolle un reconocimiento y una jerarquización equivalente de ambas calidades de energía, seguiremos padeciendo -varones y mujeres por igual-las consecuencias de tal desequilibrio: inquietud, falta de sosiego, insomnio, dificultad para sentirse parte de un conjunto, dificultad para percibir y disfrutar el presente... todas las formas de la aceleración y el belicismo: agitación, anhelo desmedido de poder, vivir lanzado a un futuro que nunca se hace presente, adicción a estimulantes, stress, vivir la vida como una constante lucha con la zozobra y el inevitable agotamiento que produce... y la tendencia a recurrir a la guerra como forma de dirimir desacuerdos, con el dolor y las miserias que todos conocemos.
Esta no es una batalla entre varones y mujeres, como muchas veces suele creerse, sino un desencuentro entre calidades de energía, que experimentamos y padecemos por igual. No es una guerra entre varones y mujeres sino un problema común.
Luego de la preparación, se le propuso a Paula:
Terapeuta a Paula: "Fíjate como te sentís a vos misma cuando estás en una actitud activa, de iniciativa, de búsqueda, actuando sobre los otros... trata de evocar las memorias que tenés en relación a ese estado... que sensación tenés de vos misma cuando está funcionando de ese modo... ¿como si fueras quien... que está haciendo qué...?"
Paula: "Me imagino a mi misma en mi negocio, dando órdenes a los empleados; estoy con el cuerpo tenso, con gestos apurados, con una cara dura, seria, con rasgos afilados, como vigilando todo..."
Para conocer a su aspecto femenino se le formuló una propuesta similar. Terapeuta a Paula: "Y., ¿cómo te sentís cuando estás en una actitud pasiva, receptiva, sensible, en contacto con el presente, en actitud de espera..? ¿Qué sensación tenés de vos misma cuando estás de ese modo...? ¿...Como si fueras quién que está haciendo qué...? "
Paula: "Me surge la imagen de una nena de diez años, parada, con una ropa vieja, con cara de susto y también de enojo, con los brazos cruzados sobre el pecho, un poco a la defensiva y desafiante a la vez... refunfuñando y medio resentida.. ". Cuando caracterizó a los dos personajes se la invitó que tomara el lugar del masculino, que desde allí mirara al femenino y le dijera que sentía al verlo. Aspecto masculino: "No entiendo que haces acá, con esa ropa, ¡estás ridícula! me querés arruinar? mira si te ven mis empleados... (tratando de esconderla) ¡siempre trayéndome problemas. Te encerraría en un baúl para que no aparezcas más. ¡ "
Aspecto femenino: "¡Estoy harta de que no me veas y no me lleves el apunte, por lo que van a decir tus amigos... o tus empleados... o porque tenés que trabajar. ¡Siempre terminas postergándome y dejándome de lado, pero no te voy a dejar...!. Cuanto menos te lo esperes ahí voy a aparecer y te voy a tirar abajo lo que estés haciendo..."
Como se puede observar el aspecto masculino de Paula es tenso, ansioso, controlador y abandonante. El femenino es infantil, está abandonado por el masculino y se siente lastimado y resentido.
Estas características de los personajes indican que cada vez que Paula asuma en su vida una actitud masculina lo hará de ese modo básico. Naturalmente que tendrá variaciones según la situación pero ese será, en términos generales su tono de fondo. Lo mismo ocurrirá con su aspecto femenino.
Veamos ahora cómo se relacionan entre sí: El masculino tiene la meta de que el negocio funcione bien y cuando percibe que el estado de la nena no armoniza con dicho propósito quiere esconderla y suprimirla. Actúa como aquel director técnico que quería marchar 30 km. por día y se quedaba sólo con los deportistas que podían lograrlo, es decir ha privilegiado la meta por sobre el realizador. El cree, además, que la nena es alguien completamente ajeno y que lo que a ella le pase no lo afectará. Sí ella sufre, será el sufrimiento de ella, no de él.
Lo que él no sabe aún es que en el momento de esconder a la nena en tanto obstáculo, en ese mismo instante está estableciendo la pauta de "suprimir el obstáculo para alcanzar el logro" y que en el momento siguiente, en otro plano, él mismo será el obstáculo para otro logro. Puede ser un logro de otro aspecto de Paula o de alguien del mundo externo: su propia jefa, un cliente, su marido, etc. y que en ese momento se sentirá tratado del mismo modo en el que trató a la nena cuando fue obstáculo. De hecho cuando Paula describía su relación con su marido, contaba: "El no me tiene en cuenta, si estoy para lo que me necesita, bien; si no, no existo...". Por supuesto que los sucesos concretos de cada plano son muy distintos pero lo que tienen en común son las pautas básicas de relación.
El aspecto masculino es, desde un nivel de observación, una identidad estable que permanece igual a sí misma: seguirá dando órdenes o controlando, etc., pero en otro nivel -más sutil, más microscópico- él es el momento masculino de un devenir. Es una sístole que se transformará en diástole.
Cuando se viaja en avión a cierta altura sobre la costa se puede observar claramente la rompiente de la ola. Aparece como una franja blanca que permanece siempre en el mismo lugar, como si estuviera quieta. Pero en realidad las olas se mueven y una rompe a continuación de la otra... entonces ¿porqué se la ve quieta? Lo que ocurre es que no se está observando una ola particular sino que lo que se ve es el espacio de la rompiente y prácticamente siempre hay en ese lugar una ola estallando en espuma. De modo que las olas particulares van pasando: cada una primero es una onda creciente, luego rompe y finalmente retorna al mar, pero siempre hay una ola -distinta-rompiendo, y eso es lo que vemos: la permanencia de la rompiente. Lo mismo ocurre con cada aspecto, masculino o femenino. Si rastreamos por ejemplo al aspecto masculino que quería esconder a la nena y exploramos cuál es su momento siguiente veremos que, en efecto, será aspecto femenino de otro masculino, del mismo modo que la sístole se hace diástole o que la ola que estalló retorna al mar. Y ese aspecto, ahora femenino, se sentirá tratado como antes (cuando era masculino) trató al femenino con quien se relacionó. Pero si lo miramos de lejos, como a las olas rompiendo, siempre habrá alguien expresando un rol masculino. Entonces podemos creer que es siempre el mismo, que es igual a sí mismo y permanente, pero como dijimos antes, si lo observamos microscópicamente comprobaremos que el rol masculino es como un traje que se lo van vistiendo sucesivos protagonistas.
La percepción que tengamos depende entonces de dónde y cómo enfoquemos nuestra mirada. Si es en el traje y lo hacemos con una óptica de tipo macroscópica, encontraremos un personaje estable y relativamente permanente. Sí es en el movimiento de cada protagonista y lo hacemos con mirada microscópica, podremos reconocer su latido, su secuencia. Podremos ver como se hace femenino y como experimenta en sí lo que antes produjo.
Estos son dos niveles de percepción de la identidad. No es que uno sea más verdadero que el otro. Es como observar una gota de agua a simple vista y verla también con un microscópico. Las dos visiones son igualmente legítimas y verdaderas. A continuación ampliaremos este punto.
Cuando el varón maltrata a la mujer, solemos pensar que él abusó y se aprovechó de ella y que la mujer resultó la víctima dañada. En el plano macroscópico y a primera vista, esto, por supuesto, que es así, pero simultáneamente y en otros niveles más profundos están ocurriendo otros fenómenos de equivalente realidad y significación. Para poder comprender lo que ocurre en esos niveles es necesario reconocer que varón no es sinónimo de masculino y mujer no es sinónimo de femenino. Tanto el varón como la mujer están constituidos por las dos energías básicas: masculina y femenina. La diferencia entre ambos es una cuestión de grado o predominio. El varón es masculino-femenino con predominio masculino y la mujer es masculino-femenino con predominio femenino, es decir ambos sexos albergan las dos energías.
Este hecho ya fue reconocido desde muy antiguo por el taoísmo en su descripción de la relación Yin-Yang y uno de los precursores en Occidente de la misma concepción fue Jung quien lo formuló en términos de "animus" y "ánima". El primero representa la energía masculina y el segundo la femenina y él introdujo la idea de que ambos componentes están presentes e interactúan entre sí, tanto en varones como en mujeres.
Muchas corrientes del campo de la biología afirman también que todo individuo contiene las estructuras anatómicas e histológicas de los dos sexos, uno de los cuales se desarrolla en plenitud y el otro involuciona. El ejemplo más evidente de este proceso son las tetillas del varón, las cuales representan una parte del sistema mamario no desarrollado. Lo mismo ocurre con los otros caracteres sexuales, primarios y secundarios, de cada sexo.
Los atributos de las energías masculina y femenina son los mismos que describimos anteriormente para la energía yin y yang. Las presentaremos ahora en forma ampliada y en un cuadro comparativo para reconocerlas mejor:
ENERGÍA MASCULINA • ENERGÍA FEMENINA
Iniciativa –búsqueda * Capacidad de espera
Emisión –penetración * Receptividad
Tensión * Relajación
Fuerza física * Flexibilidad
Dureza * Delicadeza-ternura
Acción * Sensibilidad-contemplación
Pensamiento * Sentimiento
Anticipación del futuro * Percepción del presente
Renovación * Conservación y cuidado de lo existente
Percepción de "lo que hago" * Percepción de la substancia de "la que estoy hecho"
Percepción de la individualidad * Percepción del conjunto del cual formo parte- capacidad de entrega
Pensamiento lógico racional * Intuición
Análisis * Síntesis
Discriminación de las partes * Percepción del conjunto sentido estético Tiempo * Espacio
Concepto * Forma
Dirección del movimiento
Eje antero posterior * Eje lateral
Forma de rasgos físicos
Líneas rectas -Ángulos -Puntas * Líneas curvas -redondeadas
Arquetipo celular
Espermatozoide • Óvulo
Metáfora plástica
Flecha tensa • Esfera esponjosa
Cada conjunto de características constituye una organización funcional específica. La masculina es la que se pone en juego cuando se realiza una actividad que requiere, para ser realizada, una o varias de las funciones descriptas en la columna de la izquierda. Sí tengo que escalar una montaña, explorar el espacio, salir al mundo exterior y actuar sobre otros, etc. necesitaré apelar al equipo energético masculino. Otro tanto ocurre con su opuesto: si necesito realizar una actividad que requiera delicadeza, relajación, ternura, receptividad, capacidad de cuidado, flexibilidad, o cualquiera del resto de las características descriptas en la columna de la derecha, necesitaré apelar a mi equipamiento de energía femenina.
Cada ser humano necesita, para vivir, de ambas calidades de recursos.
Los varones, en una gran mayoría, hemos sido educados y formados según la creencia que dice que cuanto más energía masculina más y mejor varón se es. A partir de tal creencia cualquier rasgo en un varón que estuviera vinculado a las funciones femeninas: sensibilidad, delicadeza, capacidad de cuidado, ternura, etc. era interpretado como un déficit, como una falla en su condición de varón. De ahí los típicos calificativos de "mariquita", "maricón" con que se suele burlar a los niños que expresan algún rasgo femenino. Tales términos quieren decir precisamente eso: "varón fallado".
El otro temor asociado a los rasgos femeninos es la homosexualidad. Ambas reacciones surgen de la misma confusión: considerar varón como sinónimo de masculino y mujer como sinónimo de femenino. Ante esa creencia la emergencia de un rasgo femenino en un varón no fue tomado como eso, un rasgo femenino de un varón sino como un "afeminamiento" del varón, es decir, una falla, un déficit en su condición de tal.
Esta creencia ha producido verdaderos estragos en el desarrollo psicológico de los varones (y también de las mujeres, cuyo análisis presentaremos más adelante).
A esta idea se ha asociado otra, igualmente errónea, que ha sumado su acción devastadora sobre la posibilidad de un desarrollo armónico y equilibrado: es la que cree que la energía masculina es mejor, más interesante, más vital que la energía femenina.
Cuando se le pregunta a alguien: ¿Qué cree usted que es mejor, más interesante o más vital: la iniciativa, la búsqueda, la acción, la renovación o la receptividad, la espera, la contemplación, la conservación?, la respuesta más frecuente es que lo primero es mucho más interesante que lo segundo, y a los rasgos femeninos mencionados se los considera más bien como un déficit de la vitalidad.
Esta concepción afortunadamente no es universal sino que está vinculada específicamente a la cultura occidental. La tradición y el pensamiento de oriente, por ejemplo han considerado a la energía femenina de un modo completamente diferente. Han reconocido en ella una significación y una jerarquía que la cultura occidental aún no ha logrado encontrar.
Si la energía femenina es poco valorada por nuestra sociedad y se cree además que su presencia señala un déficit en la condición de varón, entonces quedan dadas todas las condiciones para que el varón intente desconectarse completamente de tal calidad de energía. Esa necesidad lo lleva a tratar de dominar cualquier reacción o sentimiento femenino para que no se manifieste. Esta actitud quedó convertida luego en señal de potencia masculina: "Los varones se aguantan el dolor y no lloran..." Dicho en otras palabras: "Cuanto más se domina a la energía femenina, más varón se es".
Estas cuatro creencias:
1- que varón es sinónimo de masculino y mujer es sinónimo de femenino,
2- que la presencia de un rasgo femenino en el varón es una falla en su condición de tal.
3- que la energía masculina es mejor que la femenina.
4- que dominando a la energía femenina se exalta la condición de varón, han producido efectos devastadores en la relación masculino-femenino, tanto en varones como en mujeres. La relación varón-mujer es el campo en el que dichos efectos se ven con mayor inmediatez pero es importante saber que los daños producidos trascienden ampliamente dicho espacio.
De hecho existe una alta población de varones con su energía femenina muy dañada. Dañada por no legitimizada socialmente, por no reconocida interiormente, por no expresada, ejercitada y disfrutada. Este daño se manifiesta en la incapacidad de realizar experiencias que requieran energía femenina y en la sobre actuación compensatoria de la energía masculina. Por lo tanto el resultado frecuente es: sobrecarga de la actividad, de la lucha, de la competencia, del esfuerzo, de la tensión, de la constante búsqueda de logros, de la ausencia de relajación, sosiego y disfrute, etc. Es decir; "stress". Como todos sabemos, el "stress" es un estado global de desequilibrio y agotamiento que cuando no se resuelve evoluciona hacia enfermedades de gravedad creciente.
Puede resultar útil agregar a esta lista de padecimientos la experiencia que es la representación paradigmática de la potencia masculina: el orgasmo. Se suele creer que cuanto más masculino el varón, más potente su orgasmo. Y no es así. Intentaremos explicarlo:
Durante el orgasmo se producen contracciones espasmódicas de la musculatura lisa pelviana -que suelen extenderse a otras regiones del cuerpo- y toda la actitud psicológica global de entrega y fusión vinculada a la emisión del semen. Podríamos pensar que lo que se ha puesto en juego en dicha experiencia es la pura energía masculina en su momento genital culminante, pero profundamente no es así. Todo el aparato sexual masculino en su función emisora está sostenido por su fase receptiva que es precisamente la que le permite recibir la afluencia de estímulos que le llegan de los centros superiores y de otras partes del cuerpo. El pene en erección que penetra en la vagina lo puede hacer en la medida que él también es capaz de ser receptivo a la penetración de los estímulos que a él le llegan. Las contracciones espasmódicas, componente energético fundamental de la potencia orgásmica, son el resultado de la capacidad de contracción y tensión de la musculatura -derivada de la energía masculina- y también de la capacidad de relajación de la misma musculatura, la cual depende de la disponibilidad de energía femenina. La potencia energética del espasmo depende por igual de la capacidad de contracción y de relajación de la musculatura. Habitualmente damos por sentado de que la relajación ocurre sola, en todos por igual y que no es una función variable. Y no es así. Ella es -como dijimos antes- el resultado de una capacidad: la relajación y tal capacidad depende de la disponibilidad de energía femenina. Una intensa contracción que no tiene a la relajación como punto de partida ni como estado de retorno es tan insatisfactoria y fallida como una sístole sin diástole.
Por último, la vivencia de entrega, disolución del yo y fusión con la compañera en una unidad que los trasciende -tal vez el sentido más profundo de la experiencia orgásmica-sólo pueden experimentarse en plenitud en la medida que se cuenta con la capacidad de vivir tales estados y ellos son la manifestación del componente femenino que puede reconocerse parte de un conjunto más vasto y entregarse a él. El varón apoyado exclusivamente en su energía masculina, tratando de exaltarla en el autocontrol, el dominio y la posesión no tiene la posibilidad de acceder, por más que la busque en toda forma de exceso, a la plenitud y el éxtasis de esa experiencia.
De todo esto se desprende que el orgasmo del varón es, en su base misma, el resultado del encuentro interior entre las energías masculina y femenina expresado masculinamente a través del varón y que lo que el orgasmo revela es, en última instancia, la calidad de tal encuentro.
Cuanto más armoniosa la relación masculino-femenino interna, más intensa, más íntegra y profunda la vivencia orgásmica.
Otra de las consecuencias del daño de la energía femenina del varón es que produce en él la tendencia a maltratar a la mujer. Es decir, tiende a reproducir en ella el mismo estado en el que se encuentra su propio aspecto femenino. Además le hace a la mujer lo que le han enseñado que le hiciera a su propio aspecto femenino: procurar dominarlo, impedirle su vida propia y tratar de que quede a su servicio para afirmar su condición de varón.
Es muy importante comprender que el problema esencial no es entre varones y mujeres sino entre energía masculina y femenina. Que la energía femenina ha sido maltratada, tanto en varones como en mujeres, y que cada uno está padeciendo las consecuencias de dicho maltrato desde su particular identidad sexual. Las conflictos en la relación varón- mujer son, simplemente, las consecuencias más visibles de aquel maltrato original.
Veamos entonces el modo en el que la mujer ha sido afectada en este proceso. También la presencia de un rasgo masculino fue interpretado como una distorsión o déficit en su condición de mujer. De ahí el término "marimacho" o "varonera" con el que se ha burlado a las nenas con rasgos masculinos destacados.
En tanto la mujer es su representante natural, sobre ella ha recaído más la desvalorización social de la energía femenina, y ha padecido entonces en mayor grado las discriminaciones -económicas, legales, psicológicas, etc.-en relación a esa calidad de energía.
Tal desvalorización ha tenido su propia compensación: En este período se está produciendo el movimiento de reincorporación de ambas energías en cada persona, cualquiera sea su sexo. A la mujer le toca incorporar y asumir la energía masculina. Como ésta conserva ese halo de jerarquización, se le hace más fácil incorporarla y se puede ver en la rapidez con la que la mujer ha adoptado funciones masculinas a su identidad sexual. Al varón, en cambio, le está resultando más difícil el movimiento de incorporar la energía femenina. Le resulta más difícil porque implica para él incorporar algo desjerarquizado y que amenaza su condición de varón. Este obstáculo sin resolver le está perturbando seriamente su posibilidad de adecuarse al nuevo momento que le toca vivir.
Muchas veces el movimiento feminista luchó para reivindicar el derecho de la mujer a disponer de su energía masculina, es decir actuar en el mundo externo, asumir cargos directivos de primer nivel y obtener equivalente reconocimiento económico, etc. y eso es, sin lugar a duda, muy justo y necesario. Tal vez, a los efectos de nombrar con mayor precisión la energía específica que se intenta reivindicar, el nombre más adecuado para tal tipo de movimiento sería: "el masculinismo de la mujer", que, como dijimos antes, es necesario, beneficioso y justo, pero al nombrarlo así se haría evidente también qué es lo que aún falta: Un movimiento feminista cuya tarea sea reivindicar a la energía femenina tanto en varones como en mujeres. Devolverle el rango y la alta significación que tiene, para la experiencia de vivir íntegramente y en plenitud, la relajación, la receptividad, la sensibilidad, la entrega, la contemplación, la flexibilidad, la delicadeza, la capacidad de conservar y cuidar lo que existe, la interioridad, el reconocimiento de la dependencia, la intuición, etc.
Esta es la asignatura pendiente que tenemos en Occidente. Hasta tanto no se desarrolle un reconocimiento y una jerarquización equivalente de ambas calidades de energía, seguiremos padeciendo -varones y mujeres por igual-las consecuencias de tal desequilibrio: inquietud, falta de sosiego, insomnio, dificultad para sentirse parte de un conjunto, dificultad para percibir y disfrutar el presente... todas las formas de la aceleración y el belicismo: agitación, anhelo desmedido de poder, vivir lanzado a un futuro que nunca se hace presente, adicción a estimulantes, stress, vivir la vida como una constante lucha con la zozobra y el inevitable agotamiento que produce... y la tendencia a recurrir a la guerra como forma de dirimir desacuerdos, con el dolor y las miserias que todos conocemos.
Esta no es una batalla entre varones y mujeres, como muchas veces suele creerse, sino un desencuentro entre calidades de energía, que experimentamos y padecemos por igual. No es una guerra entre varones y mujeres sino un problema común.
Exploración clínica
Es posible indagar y conocer el estado de la pareja interior de cada uno. El desarrollo de este diseño clínico fue presentado hace varios años bajo el título "La pareja interior". Aquí incluiremos una breve reseña actualizada de aquella propuesta. Para facilitar su comprensión utilizaremos fragmentos del trabajo de Paula, mujer de 35 años, jefa de ventas en una casa de moda, quien consultó por serios conflictos con su pareja, con quien estaba al borde de la separación.Luego de la preparación, se le propuso a Paula:
Terapeuta a Paula: "Fíjate como te sentís a vos misma cuando estás en una actitud activa, de iniciativa, de búsqueda, actuando sobre los otros... trata de evocar las memorias que tenés en relación a ese estado... que sensación tenés de vos misma cuando está funcionando de ese modo... ¿como si fueras quien... que está haciendo qué...?"
Paula: "Me imagino a mi misma en mi negocio, dando órdenes a los empleados; estoy con el cuerpo tenso, con gestos apurados, con una cara dura, seria, con rasgos afilados, como vigilando todo..."
Para conocer a su aspecto femenino se le formuló una propuesta similar. Terapeuta a Paula: "Y., ¿cómo te sentís cuando estás en una actitud pasiva, receptiva, sensible, en contacto con el presente, en actitud de espera..? ¿Qué sensación tenés de vos misma cuando estás de ese modo...? ¿...Como si fueras quién que está haciendo qué...? "
Paula: "Me surge la imagen de una nena de diez años, parada, con una ropa vieja, con cara de susto y también de enojo, con los brazos cruzados sobre el pecho, un poco a la defensiva y desafiante a la vez... refunfuñando y medio resentida.. ". Cuando caracterizó a los dos personajes se la invitó que tomara el lugar del masculino, que desde allí mirara al femenino y le dijera que sentía al verlo. Aspecto masculino: "No entiendo que haces acá, con esa ropa, ¡estás ridícula! me querés arruinar? mira si te ven mis empleados... (tratando de esconderla) ¡siempre trayéndome problemas. Te encerraría en un baúl para que no aparezcas más. ¡ "
Aspecto femenino: "¡Estoy harta de que no me veas y no me lleves el apunte, por lo que van a decir tus amigos... o tus empleados... o porque tenés que trabajar. ¡Siempre terminas postergándome y dejándome de lado, pero no te voy a dejar...!. Cuanto menos te lo esperes ahí voy a aparecer y te voy a tirar abajo lo que estés haciendo..."
Como se puede observar el aspecto masculino de Paula es tenso, ansioso, controlador y abandonante. El femenino es infantil, está abandonado por el masculino y se siente lastimado y resentido.
Estas características de los personajes indican que cada vez que Paula asuma en su vida una actitud masculina lo hará de ese modo básico. Naturalmente que tendrá variaciones según la situación pero ese será, en términos generales su tono de fondo. Lo mismo ocurrirá con su aspecto femenino.
Veamos ahora cómo se relacionan entre sí: El masculino tiene la meta de que el negocio funcione bien y cuando percibe que el estado de la nena no armoniza con dicho propósito quiere esconderla y suprimirla. Actúa como aquel director técnico que quería marchar 30 km. por día y se quedaba sólo con los deportistas que podían lograrlo, es decir ha privilegiado la meta por sobre el realizador. El cree, además, que la nena es alguien completamente ajeno y que lo que a ella le pase no lo afectará. Sí ella sufre, será el sufrimiento de ella, no de él.
Lo que él no sabe aún es que en el momento de esconder a la nena en tanto obstáculo, en ese mismo instante está estableciendo la pauta de "suprimir el obstáculo para alcanzar el logro" y que en el momento siguiente, en otro plano, él mismo será el obstáculo para otro logro. Puede ser un logro de otro aspecto de Paula o de alguien del mundo externo: su propia jefa, un cliente, su marido, etc. y que en ese momento se sentirá tratado del mismo modo en el que trató a la nena cuando fue obstáculo. De hecho cuando Paula describía su relación con su marido, contaba: "El no me tiene en cuenta, si estoy para lo que me necesita, bien; si no, no existo...". Por supuesto que los sucesos concretos de cada plano son muy distintos pero lo que tienen en común son las pautas básicas de relación.
El aspecto masculino es, desde un nivel de observación, una identidad estable que permanece igual a sí misma: seguirá dando órdenes o controlando, etc., pero en otro nivel -más sutil, más microscópico- él es el momento masculino de un devenir. Es una sístole que se transformará en diástole.
Cuando se viaja en avión a cierta altura sobre la costa se puede observar claramente la rompiente de la ola. Aparece como una franja blanca que permanece siempre en el mismo lugar, como si estuviera quieta. Pero en realidad las olas se mueven y una rompe a continuación de la otra... entonces ¿porqué se la ve quieta? Lo que ocurre es que no se está observando una ola particular sino que lo que se ve es el espacio de la rompiente y prácticamente siempre hay en ese lugar una ola estallando en espuma. De modo que las olas particulares van pasando: cada una primero es una onda creciente, luego rompe y finalmente retorna al mar, pero siempre hay una ola -distinta-rompiendo, y eso es lo que vemos: la permanencia de la rompiente. Lo mismo ocurre con cada aspecto, masculino o femenino. Si rastreamos por ejemplo al aspecto masculino que quería esconder a la nena y exploramos cuál es su momento siguiente veremos que, en efecto, será aspecto femenino de otro masculino, del mismo modo que la sístole se hace diástole o que la ola que estalló retorna al mar. Y ese aspecto, ahora femenino, se sentirá tratado como antes (cuando era masculino) trató al femenino con quien se relacionó. Pero si lo miramos de lejos, como a las olas rompiendo, siempre habrá alguien expresando un rol masculino. Entonces podemos creer que es siempre el mismo, que es igual a sí mismo y permanente, pero como dijimos antes, si lo observamos microscópicamente comprobaremos que el rol masculino es como un traje que se lo van vistiendo sucesivos protagonistas.
La percepción que tengamos depende entonces de dónde y cómo enfoquemos nuestra mirada. Si es en el traje y lo hacemos con una óptica de tipo macroscópica, encontraremos un personaje estable y relativamente permanente. Sí es en el movimiento de cada protagonista y lo hacemos con mirada microscópica, podremos reconocer su latido, su secuencia. Podremos ver como se hace femenino y como experimenta en sí lo que antes produjo.
Estos son dos niveles de percepción de la identidad. No es que uno sea más verdadero que el otro. Es como observar una gota de agua a simple vista y verla también con un microscópico. Las dos visiones son igualmente legítimas y verdaderas. A continuación ampliaremos este punto.
El asistente interior pg. 86- 92
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